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PLÁTICAS LITERARIAS

Estructura y acción en la obra de Marcel Proust

El asombroso autor del ciclo novelesco En busca del tiempo perdido, ha causado poco asombro en España. No es de extrañar: Marcel Proust resulta materialmente impenetrable, inabordable para la mayoría. Mas tampoco los que podrían conocerle y amarle entre nosotros, dan muestras de experimentar la debida preocupación ante ese ingente fenómeno literario. Los mejor preparados para gustar con reflexivo deleite todos los frutos de la cultura francesa, apenas han hablado de éste. Que yo sepa y recuerde, sólo dos buenos ensayistas han insistido sobre el caso Proust: Eugenio d’Ors, de una manera vacilante e interina, y sobre todo José Ortega y Gasset, entrando a fondo en el problema.
Eugenio d’Ors no ha formulado todavía un juicio claro sobre la obra de Proust. El autor de El valle de Josafat, donde se juzga a tanta gente ilustre, de manera un poco expedita, pero siempre brillante y muchas veces admirable, esta vez no se atreve a pronunciarse. Bien es verdad que la obra de Proust es incompleta todavía (porque falta publicar algo así como una tercera o cuarta parte de ella) y que su magnitud y su novedad desconciertan e invitan a mantenerse en una estudiosa expectativa. Sin embargo, parece que el criterio en formación de Eugenio d’Ors, acerca de la mole proustiana, se va volviendo favorable a ella por momentos. Hace meses leí ya no sé dónde –porque d’Ors en estos últimos tiempos cambia con mucha frecuencia-, un juicio suyo poco halagüeño para Proust. Su obra pecaba, según el glosador, de falta de estructura. No tiene armazón, no tiene esqueleto que la sostenga. Es, decía d’Ors, una obra invertebrada. Pero, a medida que ha ido reflexionando sobre ella, ha comenzado a verla de manera distinta. Ultimamente en su sección dominical de El Día Gráfico, Eugenio d’Ors confiesa que, después de haberlo sospechado, ahora se va convenciendo de que tras el aparente desorden de la obra de Proust hay escondido un orden racional, exterior y arbitrario, es decir, una estructura, una composición. Para llegar a este convencimiento, Eugenio d’Ors ha tenido necesidad de barajar una obra suya, La Bien Plantada, con Dafnis y Cloe, con La Vida Nueva, con el Mahabharata y con Dostoiewsky, y comparar su Glosario con A la recherche du temps perdu de Marcel Proust. Pero el cómo es lo de menos: lo interesante es que d’Ors, una de nuestras inteligencias literarias más afinadas, uno de los mejores conocedores de la cultura francesa, y por lo tanto uno de los poquísimos en España capaces de apreciar directamente a aquel gran escritor, se vaya rindiendo a su grandeza…
Y eso de la estructura, en la obra proustiana, convendría aclararlo. Benjamín Crémieux –el crítico francés cuyos comentarios sobre Proust han sido la causa inmediata de los de Eugenio d’Ors- asegura que la serie de volúmenes de En busca del tiempo perdido están dispuestos de suerte que sus partes puedan concurrir a un efecto global, de conjunto. Por consiguiente, dice, la obra entera fue clásicamente, impecablemente estructurada. Y convencido Crémieux de la existencia de una tan perfecta y calculada ordenación en la obra de Proust, se atreve a vaticinar que ésta ha de aparecérsenos, cuando podamos abarcarla por entero, dotada de la estructura “piramidal” que en sus composiciones adoptaron los grandes pintores del Renacimiento.
Muy arriesgado me parece a mí ese vaticinio. Hoy conocemos ya una extensión considerable de la obra entera de Proust, algo así como dos terceras o tres cuartas partes de ella. Yo creo que, en tales circunstancias, si la mole proustiana debiese ofrecer, una vez terminada, la forma piramidal que nos augura Crémieux, a estas alturas podríamos cuando menos darnos ya perfecta cuenta de semejante ordenación. No veríamos todavía el vértice, pero de sobras notaríamos que la mole se va estrechando y agudizando paulatinamente, a medida que se eleva sobre la base, y podríamos observar la reveladora coincidencia de que todos los ángulos, lados y aristas convergen hacia arriba, hacia un punto todavía invisible, pero perfectamente imaginable ya. Y, si he de hablar con franqueza, después de leída y releída varias veces la obra de Proust, es decir, lo mucho que actualmente conocemos de ella, no acierto a ver, a distinguir, a columbrar, ni por asomo, nada de eso.
Me parece lamentable y denotadora de ligereza y miopía, la famosa acusación de desorden, de “ausencia de composición” que una infinidad de críticos y lectores, tan innumerables como superficiales, han lanzado contra Marcel Proust. Mas para reaccionar contra esa extremosidad evidente, no hay ninguna necesidad de arrojarse de cabeza, como hace Crémieux, en el extremo contrario. Al hablar de estructura, en la vasta obra de Proust, no hay que emplear esa peligrosa palabra en el mismo sentido y con idéntico rigor que si se tratase de aplicarla a una novela. En busca del tiempo perdido no es una novela, es una larga teoría de novelas, de proporciones, asuntos, ambientes y personajes diversos, algunas de las cuales se interpenetran mutuamente, y cuyo conjunto está fuertemente trabado con el misterioso hilo de oro de una casi autobiografía. La obra de Proust no es una novela, a la manera de las buenas ni las mejores novelas. Por eso su estructura no ha de medirse por la de éstas. La obra de Proust es más bien un poema, un largo y rarísimo poema en prosa, un poema moderno en que hay muchas cosas desconcertantes: sociología, patología, moral, metafísica, simbolismo, crítica literaria, crítica pictórica, crítica musical, Dios sabe cuántas cosas más, y sobre todo un análisis psicológico de un vigor, de una lucidez, una resistencia y una capacidad de perforación casi inhumanos por lo sobrehumanos. Es mucho más que una novela es una fantasmagórica weltanschaung, de nuestro mundo interior y de sus subterráneos.
De ahí que la comparación escogida por Crémieux sea esencialmente errónea. La obra de Proust no tiene ninguna semejanza con las artes plásticas. La estructura piramidal, ya sea en sentido arquitectónico, ya en el pictórico, es demasiado concreta, palpable y simétrica para convenir a la obra de Proust. Una vez terminada, ésta revestirá una apariencia mucho más vaga, misteriosa y etérea que la de una pirámide. La obra entera se titula A la recherche du temps perdu. Pero fijaos en que su último volumen, ya anunciado desde el principio por el mismo Proust, se llamará Le temps retrouvé, que significa “perdido y vuelto a encontrar”, re-hallado. La verdadera forma de este ciclo de novelas, no será una pirámide, sino un “círculo mágico” trazado por la trayectoria completa de un fragmento lineal de tiempo, que vuelve sobre sí mismo en el recóndito seno de una conciencia humana.
La estructura de la obra de Proust en nada se asemeja a la que nos ofrecen los productos de las artes plásticas, y el estilo del novelista nada tiene que ver con el de los grandes pintores renacentistas. El arte más afín al de Proust, no es la arquitectura, ni la escultura, ni la pintura, sino el más inmaterial y moderno de todos: la música. A lo que más se parece el ciclo En busca del tiempo perdido, es a una vasta composición sinfónica, y su estilo sólo puede compararse a la complicada polifonía de los grandes músicos contemporáneos. A raíz de la muerte de Proust, publiqué aquí mismo (22 de noviembre de 1922) un artículo titulado Un escritor sinfonista, en que se indicaba esta curiosa y profunda semejanza de su obra. Y más tarde supe que una escritora norteamericana, miss Ellen Fitzgerald, observaba algo parecido. He aquí sus palabras: “Proust ha demostrado para siempre que la lengua francesa posee otras cualidades esenciales, además de la claridad. Él la ha transformado en una lengua sinfónica, orquestal, mediante un arte que contiene, como fundidos en un crisol, todas las demás artes.”
Esto nos recuerda directamente la obra de Ricardo Wagner. Y, en efecto: en un plano y un orden distintos, el ciclo novelesco En busca del tiempo perdido a lo que más se parece es al ciclo poemático-sinfónico de la Tetralogía. Al hablar de estructura en la obra de Proust, debe usarse esa palabra en un sentido casi idéntico al que tiene cuando se aplica a la gran composición lírico-mitológica del maestro de Bayreuth. En busca del tiempo perdido se compone de una enorme trama melódica, de una informe materia sentimental. Y del seno de esta nebulosa literaria destacan –como astros dotados de rotación propia y que fácilmente podrían desprenderse y gravitar separadamente- grandes núcleos novelísticos, tales como Un amor de Swann, La Prisionera, Una fiesta en casa de la duquesa de Guermantes, Combray, y una multiplicidad de satélites suyos. El núcleo de los Verdurin, El verano en Balbec, La marquesa de Villeparisis, M. de Charlus, etc., etc., a la manera como dentro de la tetralogía wagneriana coexiste una inaudita diversidad de dramas, comedias, tragedias, paisajes, dioses y héroes que ruedan envueltos en un torbellino sinfónico. En el ciclo de Proust hay, indudablemente, una estructura. Pero no es una estructura estática, plástica, arquitectónica o pictórica, propia de una sola obra perfecta. Es la estructura dinámica, musical, un tanto confusa, correspondiente a la matriz de donde han brotado, no una, sino varias obras distintas. En una palabra: es una “estructura sinfónica”.
GAZIEL
La Vanguardia, 16/1/1925

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PLATICAS LITERARIAS

Un escritor sinfonista
Marcel Proust

Hacía muchos años que estaba enfermo, casi desde su misma infancia. En los últimos tiempos, sólo podía continuar viviendo a condición de no salir de su cuarto herméticamente cerrado a la luz diurna. Allí la gloria fue a besarle, muy tarde, las pálidas sienes. Nada sabíamos, sin embargo, de que estuviese tan cerca su fin. Parecía que iba a poder ver publicada por entero su admirable exploración –unos quince tomos- En busca del tiempo perdido, y aún emprender nuevas obras. Pero al desdoblar anteayer los periódicos franceses, en uno de ellos encontramos, en la sección de última hora este epígrafe inesperado: “Mort de Marcel Proust”. Contaba unos cincuenta años y en 1919 había obtenido el premio Goncourt.
Esta lisonja académica puso de moda su literatura tan poco asequible al vulgo mundano, tan refinada y difícil aún para los mismos escritores. Sospecho que fueron mayoría los que se aburrieron o cansaron leyéndole; pero en París todo el mundo leía a Marcel Proust, con ese mismo fervor epidérmico con que algunos años antes, se leía a Bergson, y últimamente se lee a los divulgadores de Einstein. Yo conocía a Proust, quiero decir a una parte de su obra, desde 1913 o principios de 1914. En algunos cenáculos parisinos se hablaba ya entonces de él, como de un personaje un tanto misterioso y un escritor extraordinario, desconocido y casi inédito, pues sólo había publicado dos libros que aparecieron y pasaron en silencio. Saint-Léger Léger –otro refinado a quien perdí de vista cuando en 1916, en plena guerra, le mandaron a Extremo Oriente, en calidad de diplomático, -me habló de Proust. Un joven filólogo dálmata, que se pasaba la vida a la caza de rarezas literarias, me dio a leer de él unas páginas mecanografiadas. Proust era, verdaderamente, un formidable artista, un innovador, un hombre que debió crearse una técnica y un estilo, para poder traducir en palabras su visión del mundo.
Proust no será nunca popular, ni siquiera fácilmente abordable. Y entre nosotros (me refiero a Cataluña) me ha sido imposible dar con un solo entusiasta de su obra, con alguien que la haya saboreado y comprendido plenamente. ¡Es curioso! En nuestro campo literario, donde, a semejanza de un corral sin bardas (y pásese la expresión), pueden entrar y entran todos los días las corrientes más contrapuestas, las influencias más exóticas, las más raras aves, las extravagancias y variedades más insignes de la literatura universal, las modas más pasajeras y los genios de un día, el maravilloso arte de Marcel Proust ha resbalado superficialmente. Yo he tenido incluso un especial empeño en hacerlo gustar a algunos de los más finos y exquisitos espíritus nuestros. Ha sido inútil. Veo, a la postre, que si me dan la razón, no es por convencimiento, sino por no contrariarme.
Este fenómeno sólo puede obedecer a dos causas. En primer lugar, la obra de Proust requiere un conocimiento íntimo, profundo y directo de la lengua y hasta de la sociedad francesas. Y a los catalanes nos es tan fácil entender el francés y dar una vuelta por Francia, que son muy pocos entre nosotros los que se han preocupado de estudiar hondamente aquel idioma y penetrar el espíritu de ese pueblo. En segundo término, las obras de Proust, infernalmente editadas por La Nouvelle Revue Française, están llenas de errores gravísimos, de puntuaciones falsas e incluso de pasajes materialmente ininteligibles por erratas de composición. Y añádase a eso, que leer bien a Proust equivale a realizar una ímproba labor, sólo comparable a la que nos imponíamos en nuestros años de fanatismo wagneriano. Luego he de volver sobre esta semejanza, porque es capital.
El estilo de Proust –siguiendo la imagen tradicional- no es como una fuente límpida y cristalina; es, más bien, como un denso y cargado licor, un líquido pastoso, lleno de especias y de reminiscencias de sutiles aromas. No ayuda a digerir, sino que por el contrario, necesitáis esfuerzo para digerirlo. Pero, como los mágicos brebajes de los alquimistas, os transforma en hombres ultrasensitivos, y su influjo, a semejanza de las drogas narcóticas, os revela insondables e insospechadas perspectivas alucinadoras. Muchas veces he pensado que Baudelaire y Poe hubieran sido entusiastas de Proust.
Sus novelas encuadran la más alta sociedad francesa contemporánea. Nadie, absolutamente nadie la había conocido, a través de los libros, hasta Marcel Proust. Los aristócratas de Balzac y los de Paul Bourget son verdaderos monigotes de cartón o figuras de cera, comparados con los grandes retratos de Proust. Para hallar en la literatura algo semejante, hay que remontar hasta los inmortales frescos del duque de Saint-Simon, pintados en plena corte de Luis XIV. Proust recuerda a menudo, por la pujanza, la amplitud y la solidez de su estilo, al gran prócer del siglo de oro. Pero, así como las escenas y las figuras de Saint-Simon se nos aparecen a la luz de las antorchas y candelabros versallescos –una luz oscilante, cárdena y entremezclada de grandes manchas sombrías- , las de Proust se nos muestran envueltas en yo no sé qué atmósfera cruda, deslumbradora, moderna, como aureoladas por la frialdad de mil lámparas eléctricas. A veces, entre las densas páginas de Proust, hay rincones de tertulias donde los personajes se nos revelan súbitamente, un tanto yertos y con los ojos grandes y azorados, pero deslumbrantes de vida y pedrería, como a la luz de un fogonazo de magnesio.
Uno de los poquísimos que entre nosotros podían saborear plenamente el arte de Proust, Eugenio d’Ors, ha dicho de él, si no recuerdo mal, que era un arte invertebrado. Y eso no es todo. A Ors el arte de Proust le ha preocupado más que convencido. Ello proviene de que el estilo de Proust es esencialmente lo que podríamos llamar un estilo sinfónico; y Eugenio d’Ors, que es un sutil y admirable catador de estilos plásticos, tiene mucho más fino el sentido de la vista que el de la audición, y juzga mucho mejor con los ojos que con los oídos. Hay una notable diferencia, por ejemplo, entre los juicios pictóricos de Ors y sus juicios musicales. El arte de Proust ha podido parecerle invertebrado, porque a lo que más se semeja su composición, no es a la de un cuadro o estatua, sino a la de un drama sinfónico. Y entre todos los dramas sinfónicos, las obras de Proust los que más recuerdan, por su técnica, son los dramas de Wagner.
El estilo de Proust es una verdadera orquestación literaria. Su riqueza de tonos, matices y ritmos, llega a ser prodigiosa. Cada obra –y aún la obra entera, la inmensa exploración En busca del tiempo perdido- forma un bloque compacto, con sus leit-motivs esenciales, sus desarrollos y progresiones melódicas, sus cambios de tono, sus traspasos de temas de unos instrumentos a otros, sus plenos metálicos, sus sordinas en la cuerda, sus inefables dulzuras de clarinetes y óboes. De ahí la imposibilidad de arrancar fácilmente un fragmento de ese vasto y armonioso conjunto, para analizarlo por separado. De ahí esa explicable impresión de invertebradura que produce, si se examina a pedazos, delimitando una parte de la obra con los ojos, como se hace con la figura de un cuadro. La verdadera estructura, la trabazón esencial de la obra, están en su conjunto. Sus detalles pueden parecer excesivos o desfocados, si se desgajan del fondo común, lo mismo que ocurre si aislamos, en la tetralogía de Wagner, un diálogo suelto, una de esas en apariencia interminables conversaciones entre Wotan y Erda. Y aun haciendo eso, el valor del fragmento es tan sólido, y su inspiración tan robusta, que quizás un día suceda con la obra de Proust lo que ya ocurre con Wagner: que, en la imposibilidad de oírle plenamente, ciertas partes de sus obras se dan por separado en los grandes conciertos, a manera de poemas sinfónicos; y todavía así resultan maravillosas. Entre las páginas de Proust hay, por ejemplo, algunas que tratan del mar, y en las cuales las palabras se enlazan de tal suerte y producen una tan viva sugestión de relente costeño, de inmensidad brumosa y de viento salobre, que sólo son comparables a aquel divino ascenso de los violines al comenzar el tercer acto de Tristán e Isolda.
Proust es, pues, un Wagner literario que se ha muerto sin haber podido pasar de su tetralogía, de sus quince tomos En busca del tiempo perdido. ¿Qué habrían sido sus Maestros Cantores, su Tristán y su Parsifal?… El mundo literario se queda estúpidamente defraudado en una de sus mejores esperanzas actuales.
En varios países de Europa, especialmente en Inglaterra y en Holanda, los admiradores selectos de Proust habían fundado, a semejanza de lo que un día se hizo con Roberto Browning, sociedades literarias que llevan el nombre del gran maestro novelista y seguían paso a paso su labor. Nosotros, más humildes, quedaremos aguardando casi solitariamente los tomos finales, todavía inéditos, de su obra; y los leeremos con la amargura de sentir, a cada hoja, que vamos agotando insustituibles delicias.

GAZIEL
La Vanguardia, 22/XI/1922

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